

Lo que esperan hacer del teatro los teatreros por Boba Wilson/ publicado en diciembre del 2003.
Nombres en la foto
(atrás, de izquierda a derecha): Alberto Lomnitz, Martín Acosta, Alejandro Veliz, Juliana Faesler, Phillippe Amand, Luis Mario Moncada.
(abajo, sentados):
Sandra Félix, Ximena Escalante, Agustín Meza, Clarissa Malheiros, Mauricio García Lozano, Enrique Singer, Claudio Valdés Kuri.
Fotografía
Diciembre 2003
Lo que tienen en común estos personajes es su pasión por el teatro, y ninguno se apabulla o se espanta en este momento, difícil para las actividades culturales. Cada uno apuesta sin dudar a su oficio, a su visión, a sus ideas con un resuelto entusiasmo por este arte que en nuestros días se antoja casi demodé.
Primera llamada.
Embajada de México en Delhi. Se prepara la posada. Veo como un ejército de gente descarga una infinidad de cosas para construir una carpa en el jardín. Bambúes y paquetes como gigantes regalos. Escribo sentada en la veranda. Oigo la grabación de la comida que hice en México, cuando tomamos la foto. Preparar una fiesta es como preparar una obra de teatro, poco a poco.
El teatro en México ocupa a más individuos de lo que podría pensarse. Cada viernes en nuestra gran metrópoli es posible escoger entre más de 60 espectáculos. Y más de 18 mil personas están involucradas, entre taquilleros, acomodadoras, técnicos, actores, directores, escenógrafos, público en general, etc.
En el jardín poco a poco se desempacan los misterios: Cuerda y tela roja.
Oigo, mientras observo, la voz de Claudio Valdés Kuri que me dice, hace sólo cuatro días, en México: “Le apuesto al teatro, a todo teatro que tenga calidad y honestidad, que se arriesgue.”
Allá del otro lado de la ventana se va levantando frente a mí una forma increíble.
Ximena, al oído, desde lejos, acota: “Me gustan las obras que construyen una historia poderosa de ficción.”
Se aparece un esqueleto como de ballena. No veo herramientas, sólo manos que hacen nudos.
“Me importa la unidad de los elementos y que todo se integre en una sola obra de arte.” Susurra Jorge Ballina en un tiempo que apenas recuerdo.
La ballena va perdiendo su forma, ahora es un hormiguero.
Y las voces del casete me explican (Philippe Amand): “Todo depende del momento de tu vida; ahora me ocupo mucho del teatro para niños, tal vez por Sophie” (su hija de un año). Sandra completa: “Es como redescubrir el mundo desde ese otro punto de vista.” Verónica Musalem, que está muy cerca, le dice a otro: “Mi obsesión es regresar a los orígenes, reelaborar los mitos mexicanos y hablar del México contemporáneo, siempre buscando otras formas de narrar.”
Hay trabajadores arriba y abajo, a los lados, lejos y cerca de la estructura, que tienden loneta gruesa como techo.
Philippe, entusiasta, me platica del nuevo proyecto de Luis de Tavira, el Maestro que está creando una compañía de teatro en Páztcuaro: “Hay que descentralizar el teatro. Me entusiasma la idea de hacer buen teatro en un pueblo. Me gusta que la gente de ahí vea una obra de Brecht y al que al final aplauda de pie.”
Segunda Llamada
Han cubierto la estructura de tela roja, roja como un telón. Alguien decide dónde van las luces, las flores, los calentadores.
Sonriente, Alberto Lomnitz declara que le gusta un teatro que sea reflexivo pero no exento de una gran comicidad.
Dejo de escribir y volteo, ahora el jardín es un gran salón rojo.
Martín Acosta le apuesta a un teatro del corazón y de la mente.
En la cocina, el chef, en uniforme, prepara tamales. Su ayudante viste un sari de color verde limón.
“Hay preguntas que nos hacemos en común. Para resolverlas está la vida y, el teatro, para plantearlas”, continúa Martín.
Regreso a la veranda. Me he paseado por este mar de gente oyendo el barullo en cassete de una fiesta que sucedió hace sólo una semana y veo los preparativos de esta otra, al otro lado del mundo.
“Un mundo utópico donde el diálogo entre las ideas se da en el escenario”, me dice Ana.
Me quedo pensando y levanto la mirada: ahora hay espejitos que son pegados a la pared.
Creo que uno no tiene que coincidir con el universo que se nos plantea, pero hay que conocerlo, y el teatro es un vehículo que te lleva a él.
Como ya es tarde y hace frío se prenden las fogatas y se calienta el te. Todos, y son muchos, se reúnen en cuclillas, en silencio. Reflejan el fuego los espejitos en forma de mangos gigantes sobre las paredes de tela roja. Así ha sido siempre.
Y todo esto sucede mientras Enrique me confía desenfadado: “El evento se aparece: no lo planeo, me llega, como espectador tanto como creador”.
Y a lo lejos, sobrepasando las voces de mis amigos, el grupo ensaya I will survive, en hindi, y todo esto me resulta familiar.
Como una increíble coincidencia, la voz grabada de Mauricio declara: “A mí me interesa más, incluso más que la imagen, el universo musical de una puesta en escena”.
Se han prendido los candiles, se colgaron las piñatas, se plancharon los uniformes: todo el mundo se prepara.
Lo mejor de un hecho teatral es cuando todo sucede entre el espectador y el creador, cuando no hay intermediarios, cuando nadie le da respiración artificial.
Tercera Llamada
Llegan los invitados, y yo todavía escucho divertida la grabadora, los meseros ofrecen Margaritas. Escondida y espiando, mientras intento peinarme, veo cómo llegan hermosas mujeres con saris dorados y esposos de turbante y grandes bigotes; los mexicanos toman ponche. Yo revuelvo mi maleta en busca del vestuario que he de ponerme esta noche; me acompaña la voz de Alejandro Veliz: “Lo que me gusta del teatro, lo que me importa, es su magia, su vitalidad y el milagro.”