ESTUPENDA JENUFA EN BELLAS ARTES

NOCHES DE ÓPERA
VLADIMIRO RIVAS ITURRALDE
ESTUPENDA JENUFA EN BELLAS ARTES

Que un crítico se ponga en trance de suspender la mirada crítica sobre un espectáculo y se deje llevar con inocencia por los acontecimientos que le son mostrados, es el mejor elogio para la obra artística que le ha tocado en suerte contemplar. Es el caso de este cronista frente a la ópera Jenufa del checo Leos Janácek (1854-1928), escogida para inaugurar el Festival de México en el Centro Histórico en 2008 y conmemorar el octogésimo aniversario de la muerte del compositor.
Jenufa (Brno, 1904) es la tercera de las nueve óperas que compuso Janácek, y la que en 1916 le dio fama europea, catorce años después de su estreno en Brno. El libreto es del mismo compositor, basado en el drama rural de Gabriela Preissová. Si no la mejor, es la más popular de las óperas de Janácek, cuya obra fue creciendo en complejidad musical y autoexigencia, en óperas tan geniales como Katia Kabanova, El caso Makropulos o Desde la casa de los muertos. Jenufa, pese a sus audacias formales, tiene aún los pies sobre el naturalismo decimonónico, mientras que Desde la casa de los muertos, la última ópera, con sus disonancias, polirritmos y politonalidad, se sitúa de lleno en el siglo XX. Janácek cuenta en Jenufa la historia de un infanticidio cometido en medio de las rígidas normas morales de los campesinos de su Moravia natal. Esta es la razón por la que escucharemos en el primer acto sabrosas danzas checas, interpretadas con insólita desenvoltura por el coro de la ópera de Bellas Artes. Una de las paradojas de esta singular historia es que Kostélnicka, la madrastra, personaje sólido, fuerte, resulta el más débil de los personajes, es decir, la criminal acosada por la culpa y, al final, víctima del castigo. Hay en Jenufa elementos que la sitúan más allá del verismo italiano. Es cierto que se trata de un drama campesino, como Cavalleria rusticana de Mascagni, pero la ópera de Janácek tiene una profunda unidad que no se ve en la ópera italiana, rota por intermezzos orquestales, procesiones y hasta por arias. Jenufa es un flujo ininterrumpido de música y drama. La modernidad de los procedimientos armónicos se alía a un agudo sentido tímbrico Los personajes cantan los recitativos mientras la melodía está a cargo de la orquesta.
Y esa unidad del drama se vio respetada, tanto en la dirección orquestal y coral del joven y ya muy experimentado director Jan Chalupecky, como en la estupenda dirección escénica de Juliana Faesler, quien, con su equipo, hizo un trabajo irreprochable. Qué delicia es ver actuar a los cantantes de ópera, vivir y hacer vivir el drama escénico y no sólo cantar como colegiales. Esto es ópera: música y teatro. Chalupecky educó al coro en la pronunciación del checo e impuso al conjunto un concepto musical, una idea de la ópera, clave del resultado exitoso. La orquesta de Bellas Artes tenía el gran desafío de interpretar una música extraña para sus oídos, pero la hizo sonar, gracias a Chalupecky, superándose a sí misma y acompañando muy bien a los cantantes. La excelente puesta en escena contó siempre con proyecciones al fondo que creaban el clima psicológico adecuado para la situación. Escenografía, iluminación, dirección de actores, movimientos y juego escénico, fueron imaginativos y expresivos. Todos los personajes, incluso el coro, con aplomo y convicción, hicieron todo creíble, una experiencia viva.
Esta Jenufa es una reacción en cadena en que cada uno de sus elementos da lo mejor de sí. El elenco internacional estuvo presidido por esa notable actriz cantante que es Catherine Malfitano, una soprano lírica norteamericana que, pese a su edad, mantiene joven y poderosa su voz. Con sus grandes recursos vocales y teatrales, resultó ideal para encarnar a Kostélnicka, la madrastra, ese personaje complejo, matriarcal, a tal extremo respetuoso de la tradición y el orden social, que, paradójicamente, acaba quebrantándolo. En el papel de Jenufa, su hijastra, Helena Kaupova tuvo un desempeño a la altura de las exigencias del personaje. Sólo echamos de menos sus sonidos graves, casi sepultados por la orquesta. El tenor checo Ales Briscein y el italiano Gianluca Zampieri fueron, respectivamente, Steva y Laca; el primero, un personaje borracho, irresponsable y jactancioso; el segundo, un personaje que se vuelve cada vez más querible por su bondad y autenticidad. Sus actuaciones, vocal y escénica, más que satisfactorias. Los comprimarios estuvieron a cargo de cantantes mexicanos. Muy bien el Capataz de Armando Gama y la hija del Alcalde de Irasema Terrazas, así como el Jano de Carla Madrid. Bien el Alcalde de Arturo López Castillo y la Alcaldesa de Eloísa Jurado.
Jenufa se presenta en México ciento cuatro años después de su estreno mundial en Brno. Janácek es un compositor más que interesante, es una de las cumbres de la ópera del siglo XX, junto con Berg, Puccini, Strauss y Britten. Con Jenufa como antecedente, Bellas Artes está obligado a evitar que una golondrina haga verano. Que no haya que esperar otras decenas de años para ver Katia Kabánova, obra que pide a gritos ser representada en nuestra máxima casa de ópera.
En suma, excelente Jenufa en Bellas Artes. Hay que verla.

Milenio Diario // Lunes 14 de abril 2008