Querida Patricia Ariza Por: William Ospina

Opinión| 27 Dic 2008 - 10:00 pm


Querida Patricia Ariza
Por: William Ospina

NOS CONOCEMOS HACE MUCHO. HE compartido contigo el sueño de un país mejor desde hace muchísimo tiempo. Siempre te he admirado como dramaturga, como actriz, como directora de teatro y también como promotora cultural. Tu esfuerzo infatigable de artista empeñada en que el arte no sea privilegio de unas élites sino el derecho de todos los ciudadanos.
Aprecio tu labor, admiro tu inteligencia, comparto tu sensibilidad, y me sorprendo siempre no sólo con tu capacidad de trabajo sino con la abundancia de proyectos que emprendes, siempre marcados por el compromiso, siempre solidarios y lúcidos. Son tantas las tertulias literarias, tantas las reuniones de acción y de pensamiento que hemos compartido, que cualquier cosa que se diga de ti tendría que decirse de todos los amigos que hace años te acompañamos. Hace poco tus amigos vivimos la alegría adicional de saber que acababas de recibir el Premio Nacional de Poesía, porque además de dedicar los días a tantas creaciones teatrales, te queda tiempo e inspiración para escuchar la voz de las musas.
Acabo de enterarme de que un absurdo montaje policial te acusa de ser Nadaísta, y he sonreído con envidia porque siempre soñé con que me acusaran de ese delito y nunca he podido lograrlo. Yo era un niño aún cuando Gonzalo Arango salió a alborotar el avispero de nuestra vida aldeana con ese proyecto en parte literario, en parte social y en parte religioso, una alegre e irreverente conspiración de amigos en tiempos en que los partidos políticos de Colombia sólo predicaban el odio al vecino y el degüello de toda disidencia. Era un honor entonces ser Nadaísta, y lo sigue siendo ahora, cuando ya el Nadaísmo como escuela es un recuerdo de tiempos más tranquilos, cuando al país contra el cual protestaban esos amigos se lo llevó el viento, para reemplazarlo por un país más terrible y siniestro.
Tengo entendido que el prontuario que te han levantado también te acusa de ser hippie. Ese anglicismo está un poco en desuso, pero todavía nos recuerda la capacidad de ingenua disidencia que tuvo una generación. Con el paso del tiempo los hippies murieron, o cambiaron el gusto de las hierbas místicas por las drogas industriales, la prédica del amor libre por los mercados del sexo, y el retorno a la naturaleza por la búsqueda de propiedad territorial. Pero ni siquiera en los tiempos en que el hippismo se había extendido por el planeta como una hierba silvestre se le ocurrió a nadie pensar que ser hippie fuera un crimen y ni siquiera una contravención. De modo que al sutil personaje que te arma ese proceso por ser hippie se le puede negar todo menos su originalidad. Cuántos hippies añosos, nostálgicos de sus tiempos de flores y psicodelia, no habrán sentido como un viento renovador esta noticia que les devuelve no sólo su existencia sino su peligrosidad. Yo alcancé a vivir entre hippies y nunca sentí la inspiración suficiente para formar parte de sus comunas, pero todavía ese movimiento y sus sueños “dicta veneración a mi pecho” cuando lo comparo con todas las claudicaciones y las acomodaciones que vinieron después.
No sé, todo esto me parece estimulante, es como si volvieran los ociosos e inspirados años sesenta. Lo primero que ha logrado el montaje policial es despertar al adormecido y disperso sector cultural de nuestro país y del continente, y moverlo a cerrar un círculo protector alrededor tuyo y de tus compañeros. Y no es para menos, porque aunque sea torpe y absurdo el cuento que te han montado, no significa que no sea peligroso, en un país donde tanta gente se ha visto arrojada al exilio por sus opiniones, o ha sido acallada con amenazas o aniquilada por sospechas.
Colombia necesita sobre todo gentes como tú y como tu aliado en gestas culturales y gran maestro de la escena Santiago García, cuyo cumpleaños queremos celebrar muchos días. Ustedes han sostenido durante décadas la Corporación Colombiana de Teatro, el teatro La Candelaria, y el Festival de Teatro Alternativo. Pero sobre todo han mantenido durante décadas en nuestro país el arte unido al espíritu crítico, la lucidez unida a la inspiración, la estética unida a la entraña popular, y el oficio de decir cosas bellas que son también profundamente necesarias.
Esos exabruptos, esas calumnias, esas campañas de hostigamiento, no dejan de ser el homenaje que la barbarie le rinde a la inteligencia, que los inquisidores les rinden a los espíritus libres, y que las mentes estériles les rinden a los seres creadores. No lograrán detener al espíritu vigoroso, decididamente pacífico, hondamente comprometido con la humanidad y con sus más altos sueños del que tú formas parte. No permitiremos que esas telarañas mezquinas logren vulnerar la generosidad de tu esfuerzo. Y estamos listos a demostrar ante quien sea que el arte, la creación, la inteligencia, la cultura, no son fuerzas destructivas, no son fuerzas negativas, son lo contrario de la enfermedad que sigue agobiando a Colombia. Esa enfermedad que en realidad se llama odio, inautenticidad, clasismo, autoritarismo, y exclusión.
También yo admiro a los Nadaístas, y recuerdo con aprecio a los hippies, y simpatizo con el Polo Democrático. Creo en el trabajo creador, en la inteligencia, en el arte. Creo en la necesidad de construir un país más humano, más generoso y más solidario. Y creo, como Carlos Gaviria, en la necesidad de construir un país decente. Si eso es un crimen, que empiecen a procesarnos a todos.

William Ospina
William Ospina Literatura