Mediocridad y audacia en el FMCH

17-Abr-2008

Horizontes imaginarios

Luz Emilia Aguilar

Mediocridad y audacia en el FMCH


La 24 edición del Festival de México en el Centro Histórico tuvo un audaz inicio con la ópera Jenufa, de Leos Janácek, bajo la batuta de Jan Chalupecky, la participación de Catherine Malfitano, Ales Briscein, Gianluca Zampieri, Helena Kaupová, Irasema Terrazas en el elenco y la dirección escénica, escenografía e iluminación de Juliana Faesler.

Si nos limitamos a leer la síntesis argumental de Jenufa tenemos en apariencia un anecdotario de atrocidades, en una aldea cuajada de prejuicios y corazones desquiciados: un drama de folletón. Un acercamiento mayor nos deja ver una tragedia de estremecedora lucidez sobre la complejidad de la naturaleza humana, la relación de ésta con el sistema de creencias, concepciones acerca de la familia, el amor y Dios. De uno a otro personaje vemos expresiones de bonhomía junto a lances destructivos manados del dolor, la posesividad, impulsos redentores en profundos ríos de abuso e incomprensión y, al final, un paradójico triunfo del amor y la renovación de la vida. Más allá de las convenciones, usos y costumbres que ubican la obra en Monrovia a fines del siglo pasado, la temática de fondo es de vigencia intemporal.

La puesta en escena arrancó el día de su estreno el jueves pasado en Bellas Artes, confusa, con torpes coreografías, un trabajo actoral amordazado por tensiones ajenas a la ficción, un vestuario que parecía conjunto de saldos de una tienda de disfraces y una relación malograda entre el video realizado por Nicolás Pereda, con el resto de los elementos. En esa parte inicial no acabó de cobrar sentido la pasividad en las proyecciones, el transcurso lento de la naturaleza en la imagen en blanco y negro, en contraste con las formas que dibujaban los dorados haces de luz en el piso y el ir y venir de los protagonistas y el coro. Para el segundo y tercer actos la puesta en escena encauzó hacia una propuesta de dirección rica en detalles, reflexiva, memorable. El video se fue revelando significativo en el viaje a través de las estaciones, ciclos de la naturaleza, el paso del riguroso blanco y negro al color, y el contraste entre la armonía de las imágenes en la pantalla y el desgarramiento en las relaciones interpersonales y las batallas de conciencia que azotaban a los personajes. La escenografía en sus transformaciones se tornó sintética, el movimiento escénico coherente, complejo. Los cambios de vestuario ofrecieron diseños amables con quienes los portaban, más atinados en su significación. Y los cantantes, que quizá para entonces se habían relajado en la función de estreno y permitieron un mejor fluido del trabajo conjunto, fueron desplegando maravillosas dotes. Aquí brilló Ales Briscein en el papel de Steva. Fue posible adivinar la fuerza de la que era capaz Cianluca Zampieri como Laca. Helena Kaupová, a cargo de Jenufa, cobró un poco de soltura, sin alcanzar la plena complejidad a la que podría dar lugar el personaje. Quien deslumbró fue Catherine Malfitano, en el papel de Kostelnicka Buryjovka, la madrastra de Jenufa y Sacristana de la iglesia local, por su concentración de la energía, la complejidad orgánica que expresó en el juego de su gestualidad, el sí rotundo a la ficción que sobrepasaba el escollo de dar veracidad en el fluido dramático determinado por las necesidades de la música. Inolvidable me pareció la imagen de esta representante de la moral de su comunidad, con el crucifijo destellando al cuello, vestida de negro, atroz en su determinación de cometer el crimen y hacerlo en el nombre de Dios y movida por el amor.

Al feliz inicio del Festival siguió la mediocre adaptación de la cinta Together, a cargo del Vesturport Theatre Group, de Islandia, con la participación de la española Elena Anaya y Gael García Bernal. En su pesado y aburrido transcurrir, esta recuperación del mundo hippie, la comuna, antología de ideologías libertarias que marcaron la segunda mitad del siglo XX, se anegó en un incesante despliegue de estereotipos, un teatro sin conflicto vivo, fincado en la alternancia facilona de chistes y canciones de época, muchas de ellas en islandés. Resultó incapaz de dar una visión crítica, ni siquiera entretenida sobre las décadas de ideales perdidos.

Resulta difícil hablar de construcción de personajes, de actoralidad con un desempeño en el que predominaba la autocomplaciente exhibición ante el público por parte de los desparpajados miembros del elenco. Es una pena que el equipo involucrado en esta puesta en escena, confiara en que para dar lugar al teatro bastaba con bajar al escenario una o dos estrellas.

Nuevo Exelsior

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