
foto©carlaverea
“Nezahualcóyotl”
Estela Leñero Franco
Hablar de nuestros antepasados sobre el escenario y no caer en el lugar común no es
cosa fácil, y Juliana Faesler en el espectáculo que actualmente se presenta en el
teatro Juan Ruiz de Alarcón obtiene resultados halagadores.
Sin hacer una recuperación arqueológica pero tampoco ignorándola y sin
contarnos la historia como libro de texto, aunque también haciéndolo, Nezahualcóyotl
nos transmite un sentimiento de nostalgia y contemporaneidad.
Visualmente la obra de teatro es atractiva y múltiple, porque en la apariencia
estética prehispánica se esconde una mezcla de tradición y actualidad. El juego de
pelota es un partido de básquetbol, el penacho de Huitzilopochtli está hecho de globos
alargados y la víbora de Quetzalcóatl es inventada con las manos.
La propuesta recurre a la iconografía de los códices y de las vasijas de barro,
adquiriendo corporeidad y color a través de los actores. Sus movimientos, las
posiciones estáticas y la forma de caminar o bailar responden al universo
prehispánico, figuras vivas, gozo estético.
En Nezahualcóyotl se representan dioses y personajes del pasado. La leyenda
del rey de Texcoco, desde una perspectiva épica, mantiene un hilo conductor dentro
de la fragmentación y el azar. El vencedor puede ser el vencido, el dios convertirse en
poeta y todos los personajes pueden ser Nezahualcóyotl para ser ensalzado o
humillado frente al enemigo.
Si bien la primera parte consigue solidez dentro de la improvisación y
construcción dramática, en el segundo fragmento los contenidos se superficializan y la
propuesta neohistórica –elaborada bajo una ardua investigación que avala y dota de
verdad lo que sugiere– se desdibuja y desvirtúa. El personaje mítico y su universo –
vuelto calles, pueblos y estaciones de Metro dentro de nuestro imaginario– cae en el
paradigma de ciudad Neza, y aunque la asociación es lógica, el texto pierde fuerza y
se vuelve didáctico y lleno de consignas. La obra terminaba antes; tal vez cuando se
hace presente Nezahualcóyotl en forma de muñeco, tipo Barbie, porque después el
desglose del viaje en camión, el accidente y la enumeración narrativa de historia
mezcladas con protestas pierde lo teatral que tenía la primera parte. La obra se afloja,
aunque la propuesta en su conjunto sea original.
La escenografía e iluminación de Juliana Faesler es brillante y como imán nos
prende de esos muros inspirados en el espacio escultórico de la UNAM. Aquí su
centro no es un óvalo de lava pedregosa, sino una plataforma cuadrada con un vértice
en proscenio, y todo al rojo vivo, es un volcán en erupción. La iluminación es precisa,
concentrada, de sus mejores, y es capaz de aislar, crear caminos, reinterpretar,
eludiendo con fortuna los oscuros entre escenas. Porque la obra es ágil, sin
descansos, sin pausas que hundan el ritmo; hay tiempos suspendidos y silencios, pero
el acontecer no cesa y como un río salta entre las piedras o descansa en lo profundo.
Los actores y la directora proponen una estética de movimiento, un trabajo interno y
corporal que nos dice que no hay vacío, que están llenos de energía Clarissa
Malheiros, Diana Fidelia, Roldán Ramírez, Natyeli Flores y Alam Sarmiento, con
vestuarios de Edyta Rzewuska. Clarissa Malheiros, que comparte con Juliana la
dirección de su compañía La Máquina de Teatro, consigue ocultar su tono de
extranjera –que tanto molestaba en otras puestas en escena– y resalta la creación y
contundencia de su movimiento.
Nezahualcóyotl invita a vivir en carne propia el pasado en el presente.
Sentimos nuestra ciudad; este país que olvida sus orígenes o que los vuelve folclor.
Nezahualcóyotl es una obra audaz y propositiva, difícil en su amalgamamiento y con
su propia poética, como la del protagonista.
Proceso 1600, del 1 al 8 de julio de 2007.